Die Euro-Krise: Solo un traspié para la integración

Hoy en Rathaus Europa publicamos un nuevo e interesante artículo traducido de análisis sobre el impacto de la Gran Recesión y las medidas de ajuste estructural en la política europea (el cuál es menor de lo que pudiera parecer). Detalla también cuáles son los pasos que ya se han dado hacia una mayor integración europea desde el desencadenamiento de la crisis y cuáles son los que en un futuro próximo se realizaran.

Es un artículo y un análisis particularmente dirigido a la izquierda europea con conclusiones pro-UE y pro-Euro abiertas a reflexión, crítica y discusión. Esperamos que os enganche su lectura.

“La Batalla Perdida

La izquierda continúa luchando contra la unificación europea, pero la UE no se va a ninguna parte.

Por Christakis Georgiou el 2/12/2015

La crisis de la eurozona desencadenada en el otoño de 2009 ha dominado los acontecimientos políticos en Europa durante los últimos años. Hay un cierto consenso en la izquierda europea radical de que la Unión Europea se está desintegrando bajo el peso de la crisis de la eurozona y de que la crisis ha exacerbado tendencias centrífugas – antagonismos nacionales y confrontaciones de clase – llevando a ambas crisis políticas y al aumento de la derecha populista.

Los más atrevidos sostienen que la crisis de la eurozona es una reposición de los años 30, con fascistas acechando mientras otros ven un potencial revolucionario positivo dentro de la mala situación general – que la balanza de fuerzas está cambiando a favor y que en el colapso venidero la izquierda radical puede y conseguirá, con la estrategia apropiada, hacer grandes pasos hacia delante.

Cédric Durand argumenta que estos pasos romperán “con las instituciones europeas neoliberales y [recuperar] soberanía democrática en las monedas domésticas” (significando una secesión de la eurozona o incluso para algunos, de la propia UE).

Pero un vistazo más detallado a la crisis de la eurozona fundamenta el diagnóstico opuesto; la crisis no es y no conducirá a tendencias centrífugas tomando el mando y llevando a la desintegración de la UE. En cambio, la crisis de la eurozona está actuando – como en otras rondas previas de integración – como un catalizador para la nueva etapa del proceso a largo plazo de la unificación europea desde arriba.

Las fuerzas sociales dominantes en Europa están navegando entre los efectos políticos colaterales de la crisis de la eurozona con relativa facilidad.

Oponerse al cómo estas fuerzas han gestionado la crisis no es necesariamente sinónimo de oponerse a la unificación como tal. Este punto es importante para aquellos que quieren sacar conclusiones estratégicas de la coyuntura política en Europa. A no ser que la izquierda radical dirija una mirada más sobria a la realidad de la eurozona se arriesga a encadenarse a si misma a un impasse, luchando batallas perdidas y argumentando contra el curso de la Historia.

De la guerra a la negociación

La unificación europea no es un proyecto históricamente superficial o contingente que se podría revertir con una desplazamiento en la balanza de las fuerzas políticas o bajo el peso de una crisis coyuntural. El padre fundador de la UE, Jean Monnet, estaba en lo cierto cuando escribió “Europa será hecha a través de crisis y será la suma de la soluciones proporcionadas a esas crisis”.

Tal y como argumenté durante las primeras etapas de la crisis en el verano de 2010, hay:

Un patrón en el cuál cada crisis actúa como un catalizador que elimina la oposición a una siguiente integración, demostrando en la práctica porque las fracciones dominantes del capital europeo no pueden depender solamente de un único Estado-nación y porque los Estados-nación individualmente serían mucho más débiles si actuaran independientemente”.

Esta es la razón de porqué la élite corporativa europea desde el primer día de la crisis argumentaba que la eurozona debe ser preservada a todo coste, con una mayor centralización de la política económica para abordar las fallas estructurales en el diseño institucional de la eurozona.

La unificación europea ha sido la dimensión clave en lo que se podría llamar como la “reconstrucción corporativa del capitalismo europeo” parafraseando el título del libro del historiador radical Martin Sklar sobre la transformación a principios del siglo XX del capitalismo americano.

En síntesis, los avances tecnológicos de la segunda revolución industrial requirieron tanto la ampliación de los mercados como la transformación oligopólica de sus estructuras para permitir un grado mayor de concentración y centralización del capital – pre-requisitos para cosechar las economías de escala y las economías de gama que ofrece la producción a gran escala.

Pero a pesar de que estos avances tuvieron lugar simultáneamente en Europa y en los Estados Unidos durante el último cuarto del siglo XIX, fueron los Estados Unidos los que tomaron el liderazgo, explotando estos avances productivos y adaptando sus estructuras sociales y políticas para adecuarse las nuevas maneras de producción para convertirse en la nación industrial más poderosa en el sistema interestatal.

Parte de este éxito surgió de la integración del mercado estadounidense que, al contrario de Europa, no estaba fragmentado por la multiplicidad de Estados-nación en continuos conflictos comerciales o armados. Esta profunda contradicción (entre las necesidades originadas por el desarrollo de las fuerzas productivas y la realidad de los arreglos socio-políticos europeos) es la que lastró al continente durante tres cuartos de siglo y lo sumergió en una larga guerra civil europea resultando en los intentos de Alemania de unir al continente por la fuerza.

Debido a que ese intento fracasó y debido a que el escenario alternativo de la unificación desde abajo – imaginado de forma más clara por Leon Trotsky y representado en su eslogan de unos Estados Socialistas Unidos de Europa – fue bloqueado, la unificación europea desde arriba gradualmente se movió hacia delante con la base de compromisos surgidos de duros regateos entre las varias facciones de la élite corporativa europea entre 1950 y 1980.

Una rendición planificada

La crisis de la eurozona no es simplemente la crisis financiera global – que se propagó desde Wall Street después de 2008 – desarrollándose en Europa. La eurozona sufrió los efectos de la crisis financiera en 2009-2010, presentó una breve recuperación pero después volvió a la recesión desde 2012 hasta finales de 2013. El PIB de la eurozona sigue estando por debajo del pico del 2009, mientras que el PIB estadounidense en 2015 está un 18% por encima del de 2009.

Las dificultades de Europa surgieron parcialmente de un serio desequilibrio institucional en el corazón de la eurozona: una política monetaria centralizada con políticas fiscales descentralizadas (específicas de cada país) – un desequilibrio agravado por una supervisión financiera descentralizada y el peso que suponía para cada país tener que rescatar individualmente a sus bancos en caso de quiebra.

Debido a estos desequilibrios institucionales, los Estados miembros de la eurozona que habían perdido competitividad antes de la crisis financiera (Grecia, España, Portugal, Irlanda) o que habían sufrido grandes crisis bancarias al empezar (Irlanda, Chipre y España) de pronto se encontraron bajo ataque de los inversores en los mercados de deuda y amenazados por la quiebra.

Vale la pena mencionar que la bancarrota fue amenazante a pesar de que la eurozona tenía una tasa de deuda pública respecto al PIB más baja que la de los Estados Unidos en 2010 ( 84% y 95% respectivamente). En un clima de creciente incertidumbre financiera (indicada por crecientes primas de riesgo), el capital europeo congeló inversiones en Europa, esperando limitar su exposición al problemático contintente, agravando por ende una situación económica frágil y abocando de nuevo a la eurozona a una recesión.

En respuesta a estos acontecimientos la élite empresarial europea pidió políticas para arreglar este desequilibrio y reducir la incertidumbre minimizando los riesgos de las deudas soberanas – y la perspectiva de un estado miembro cayendo en el impago de la deuda – así como incrementar el nivel de centralización política de la eurozona.

En 2012 las principales patronales de Francia, Alemania, Italia y España hicieron una llamada públicamente para “un profundo y decidido proceso para tender puentes sobre las grietas de la arquitectura de la unión económica y monetaria” mientras alababan programas de ajuste estructural para los países golpeados por la crisis y los esfuerzos del Mecanismo Europeo de Estabilidad (ESM en sus siglas en inglés) y del Banco Central Europeo para eliminar el riesgo del crédito.

Mientras tanto, de acuerdo con las exhaustivas encuestas de opinión de los ejecutivos corporativos en la eurozona por la consultoría Grant Thornton, cerca del 93% de los entrevistados favorecían la preservación del euro y cerca del 90% daban apoyo a un mayor grado de integración europea como solución a la crisis.

De hecho, la política de gestión de la crisis que se ha implementado ha reflejado en gran medida el programa abogado por la élite empresarial de Europa: un enfoque en el corto plazo en la centralización fiscal ad hoc a través del reparto de los pasivos y una versión muy limitada de los Euro-bonos (éste es básicamente el papel jugado por el Mecanismo Europeo de Supervisión) combinado con la supervisión de cerca de las políticas de gasto e ingreso en los Estados miembros con dificultades, dónde los otros ministros de finanzas de la eurozona tienen esencialmente la última palabra.

Los críticos de la derecha populista, especialmente en Alemania, argumentan que a través del MES y el uso del balance del BCE para dar apoyo a los valores de deuda de los países más afectados, la eurozona incluso ha estado implementando una política de transferencias financieras (redistribución entre Estados miembros) – una aseveración que innegablemente tiene un punto de cierto. Concediendo crédito a estos Estados miembros a tipos de interés más bajos que los inversores privados, estas instituciones son vistas en cierta medida como financiadoras, usando la credibilidad y los recursos fiscales de otros Estados miembros para lograrlo.

El otro parámetro de la política de la élite empresarial en la UE ha sido promover una serie de políticas económicas – que funcionan como programas de ajuste estructural – para países afectados, diseñadas para restablecer la rentabilidad y la competitividad y para estimular el crecimiento export-led (basado en la exportación). Irlanda y España ejemplifican esta estrategia.

Esta política de gestión a corto plazo de la crisis prefigura un plan a largo plazo para reformar las instituciones de la eurozona, que ha sido política oficial de la UE desde, por lo menos, el encuentro del Consejo Europeo de junio de 2012, dónde se tomó la decisión de iniciar una Unión Bancaria, y al presidente de esta institución se le asignó la tarea de preparar un informe sobre como conseguir una “genuina unión económica y monetaria”.

Una serie de informes oficiales de la Comisión Europea y otros cuerpos de la UE que han sido publicados recientemente enumeran diferentes caminos para conseguir una mayor centralización política, de manera parecida a como el Tratado de Maastricht fue precedido por un cierto número de informes oficiales sobre la Unión Monetaria.

Uno de los conceptos clave que ha emergido de estas tormentas de ideas, y sobre el cuál ahora hay consenso, es el de un pequeño presupuesto para la eurozona administrado por un ministro de finanzas responsable ante los miembros del parlamento europeo que pertenecen al Euro.

El verano pasado el periódico alemán Der Spiegel (basándose en información filtrada) incluso sugirió que este debate estaba progresando para dar a tal ministro poder para gravar, tomar dinero en préstamo y gastar, en contraste con proposiciones previas en las que el presupuesto para la eurozona sería financiado con contribuciones de los países miembros.

Actualmente la mayor fuerza conteniendo más políticas de integración es la coyuntura política: tanto los gobiernos de Francia como el de Alemania se enfrentan a la reelección en 2017 y el gobierno británico ha prometido un referéndum sobre su pertenencia a la UE para ese mismo año.

Las negociaciones formales para cambios en el Tratado están siendo pospuestas hasta que se hayan podido pasar estas trabas, con la esperanza adicional de que la recuperación económica puede seguir ganando fuerza hasta entonces y por ende incrementar el apoyo popular para “más Europa”.

A pesar de las tácticas dilatorias ante las tensiones políticas, ya está en marcha una sustancial innovación institucional (a parte de la puesta en marcha del MES). El conjunto de reformas conocido como “Unión bancaria” está alterando radicalmente el grado de centralización política de la UE (países fuera de la euro también se pueden unir).

Las reformas bancarias están en esencia transfiriendo responsabilidad para la política bancaria a nivel europeo, incluyendo responsabilidades de rescates bancarios e involucrando recursos fiscales. Las reformas – que el Financial Times ha llamado “la mayor rendición de la soberanía desde la creación del euro” – están diseñadas para romper el conocido como “doom loop” (o círculo de la fatalidad) entre bancos y gobiernos. En algunos países los bancos nacionales han crecido mucho más de lo que el gobierno nacional es capaz de hacer en caso de graves problemas para respaldarlos, así que la solución es que la UE, como un todo, asuma la carga de potenciales rescates bancarios.

El BCE también consigue el poder de regular y desmantelar bancos fallidos. El BCE puede ahora decir a cualquier banco en la eurozona parar de comprar un tipo de activo, frenar el crédito, o incrementar el capital. Crucialmente, el BCE dice a los bancos de reducir su exposición a la deuda pública del Estado en el que están instalados, en un movimiento calculado para gradualmente terminar con la política de “represión financiera” encubierta (actos que el gobierno lleva a cabo en la regulación y la interacción con su sistema financiero para canalizar recursos hacia él como manera de reducir sus costes de deuda).

Tradicionalmente, los bancos han respaldado sus Estados comprando cantidades desproporcionadas de valores de deuda, en parte porque saben que esos Estados serían los que los rescatarían si quebraban y en parte por la íntima relación con los políticos locales, resultando en costes menores de crédito de los que habrían obtenido si este sesgo nacional no existiera.

Y aunque el gobierno alemán está empleando tácticas dilatorias en este frente por el momento, las reformas bancarias pronto se completaran para un esquema de garantía de depósitos a escala europea, muy parecido al caso de Estados Unidos, dónde el gobierno federal garantiza (a través del Federal Deposit Insurance Corporation) los primeros 200.000 dólares en cualquier cuenta bancaria en el país.

Resistencia desigual

Así pues, los jefes de Europa están poniendo su casa en orden, pero están encontrando una oposición considerable mientras lo hacen? Toda la evidencia disponible sugiere que no. Aunque los europeos puede que no compartan las ideas de la élite empresarial, un robusto apoyo a la unificación sigue imperando, y no parece haber ninguna crisis euro-escéptica de gran importancia en la opinión pública. Esto indica que cualquier tendencia centrífuga que pueda haber sido generada por la crisis de la eurozona está siendo controlada.

Encuestas de la opinión pública apoyan esta valoración. El último informe del Pew Research Center European Union muestra que las opiniones positivas sobre la UE en los seis países más poblados (incluyendo la euroesceptica Gran Bretaña) han repuntado fuertemente desde 2013.

Mientras que en 2013 el 52% de los encuestados tenían una visión positiva de la UE (había bajado de un 60% en el año anterior), el 61% tenía una percepción positiva en 2015, un resultado correlacionado con la percepción sobre el estado de la economía. Claras mayorías en los cuatro países miembros de la eurozona dan apoyo a la pertenencia a la moneda única (cerca de tres cuartas partes en Alemania, Francia, y España, y de forma un poco sorprendente, el 56% en Italia).

Un informe más exhaustivo del impacto de la euro-crisis en la opinión pública fue publicado en 2014 por la Comisión Europea, basado en datos provenientes de las encuestas regulares del Eurobarometro desde 1973. Encontró que a pesar de bajar al 47% de los encuestados en 2013, la percepción positiva sobre la pertenencia en la UE era más baja en la primavera de 1997 (con un 46%) y que esos bajos niveles son sucesos que se repiten con regularidad.

Aún más sorprendentes son los resultados sobre si la incorporación ha sido beneficiosa para el Estado miembro o no. El nivel más bajo de respuestas positivas durante la crisis fue en 2011, con un 50% mientras que el mínimo histórico fue en 1997 con un 41%. En 2013 incluso el 47% de los griegos encuestados creía que la pertenencia a la UE era beneficiosa. Finalmente, en respuesta a la pregunta sobre si la crisis de la eurozona significaba que los países miembros deberían trabajar más compenetradamente, el 83% estuvo de acuerdo, mientras que solo el 12% prefería menos integración.

La imagen general que uno obtiene de estas encuestas parece ir a la par con el comportamiento en las urnas, que se mide mejor mirando a las elecciones del Parlamento europeo – las únicas elecciones que tienen lugar simultáneamente en toda Europa y que se puede decir que involucran las cuestiones más claramente europeas en contraposición con las elecciones nacionales.

Las elecciones al Parlamento europeo son también unas elecciones que sobreamplifican los partidos de derecha euroescépticos, no solo por el principio de la representación electiva proporcional, sino también porque los votantes consideran los riesgos de sus votos como más bajos, y por ello están más dispuestos a favorecer partidos de extrema derecha en el Parlamento europeo que en las elecciones nacionales dónde el voto táctico tiene una mayor influencia. Los resultados espectaculares del UKIP y el Front National en las europeas del año pasado demuestran estas tendencia de voto claramente.

El análisis más común de las elecciones del parlamento europeo de 2014 fue que la derecha euroescéptica y populista había subido como la espuma, que los partidos social-demócratas habían sido diezmados y que en general se habían reflejado fuertes tendencias centrífugas en los resultados.

Pero de acuerdo a un calculo de Nicolas Veron, cerca del 70% de los eurodiputados elegidos son pro-UE – un número que sigue siendo un 5% mayor que en las primeras elecciones de este tipo en 1979, aunque el porcentaje más alto (80%) fue registrado en 1999 y en 2004. Las elecciones del 2014 se pueden resumir de la siguiente manera: el Partido Popular Europeo (convencional centro-derecha) perdió una gran cantidad de votos y eurodiputados en favor de la derecha populista, la socialdemocracia se mantuvo estable, los Liberales y los Verdes retrocedieron ligeramente y la izquierda radical avanzó un poco.

Cuando se mira a las elecciones nacionales y a los sistemas de partido, rápidamente resulta obvio que solo Grecia ha sido decisivamente afectada por la eurocrisis con el impactante ascenso de Syriza, el colapso del PASOK y la deserción de votantes de derechas de Nueva Democracia. España celebrará elecciones generales en diciembre, y aunque el bipartidismo ha sido derrocado, los dos partidos tradicionales siguen en camino de conseguir más votos que Ciudadanos y Podemos, en un desarrollo que parece estar parcialmente motivado por tensiones ínter-generacionales.

De forma similar, cuando uno mira la evolución de los conflictos laborales en Europa se desprende una imagen similar de crisis contenida. A pesar de que la recesión ciertamente ha dado lugar a un aumento de los conflictos – de forma más clara en Grecia, España y Portugal – estas luchas se concentraron entre 2010 y 2012 y desde entonces se han debilitado sustancialmente. No estamos contemplando una ola de luchas que amenacen el equilibrio político del capitalismo europeo de ninguna forma fundamental.

Una visión general da apoyo a esta conclusión. Información recopilada por el European Trade Union Institute (Instituto de sindicatos europeos) sugiere que el número medio de jornadas laborales perdidas debido a huelgas en Europa ha continuado yendo a la baja durante los años de la crisis y que de media ha sido menor que en los años 2000, aunque intercalado por picos debidos a huelgas generales.

De acuerdo al ETUI:

“Desde la Gran Recesión se ha dado un desplazamiento de las huelgas generales hacia huelgas generales políticas, ocurriendo a menudo en el sector público […] las huelgas generales políticas – ya sean huelgas generalizadas en el sector público o huelgas generales en ciertas regiones o en toda la economía – están asociados con el Sur de Europa.”

En otras palabras, los programas de ajuste estructural han encontrado oposición en la calle y en los puestos de trabajo de los sectores directamente más afectados i.e. trabajadores del sector público en países golpeados por la crisis, pero solo de forma esporádica.

Adiós al Estado-Nación

El panorama global sugiere que aunque la crisis ha sacudido el orden político europeo, no le ha hecho perder el equilibrio. Las élites dirigentes del continente están manejando con éxito la crisis y lo están haciendo a través de profundizar en el nivel de centralización política del continente, y por consiguiente abordando el problema del diseño defectuoso de la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea.

Los programas de ajuste estructural para las economías nacionales más débiles se han llevado a cabo con tan solo Grecia como caso fuera de lo normal, tanto en como de bien han funcionado desde la perspectiva del capital – medido por la reanudación del crecimiento fundamentado en las exportaciones y la competitividad de costes – como en los efectos políticos colaterales que han generado.

Pero la experiencia del gobierno de Syriza también sugiere que un desplazamiento localizado en la balanza de fuerzas electorales no es suficiente para desviar el curso general de la política económica hacia un camino más progresista. Grecia representa el 1,3% del PIB de la UE; una analogía un tanto tosca seria si los votantes del Estado de Oregon de los EEUU eligieran senadores, gobernadores y cuerpo legislativo de izquierda radical esperando que efectuaran un cambio significativo en la política de Washington.

Básicamente, una estrategia política construida sobre la esperanza de que una gran crisis es inminente y sobre la suposición de que “el centro no puede aguantar” es un callejón sin salida. Apostar a la reversión de la unificación europea y calibrar una estrategia basándose en la esperanza de una gran crisis interna es nadar en contra del curso de la Historia.

Por el momento las implicaciones políticas y estratégicas de este ángulo muerto de la izquierda están empequeñecidas por el calor de la crisis de la eurozona que aún no se ha apagado. Pero más adelante, cuando el plan de continuar transformando Europa en una federación centralizada se haya llevado a cabo, esta actitud pone en riesgo la izquierda radical, que podría dirigirse en tal caso hacia la irrelevancia política.

Del mismo modo que hoy en día en América seria una locura para la gente de izquierda argumentar un retorno a la configuración de pre-guerra de la relaciones entre los Estados y el gobierno federal, (cantando con el mismo son de los libertarios de derecha defensores de los derechos de los Estados) está completamente fuera de lugar para los izquierdistas en Europa seguir insistiendo en un retorno a la configuración de relaciones entre estados pre-Maastricht, sin hablar ya de las pre-Tratado de Roma

La percepción siempre va por detrás de los desarrollos históricos propiamente dichos, pero cuanto antes se dé cuenta la izquierda radical de que la Europa de Estados-nación pertenece al pasado más pronto estará en una posición para trazar una estrategia para un cambio progresista en el continente.”

Podéis consultar aquí el artículo original, del cual Christakis Georgiou es el autor: https://www.jacobinmag.com/2015/12/eurozone-crisis-greece-syriza-european-union/

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